El insomnio, la ficción y el interés

11 de diciembre 2023

Ficción como fuerza que nos hace salir de las casillas. Ficción como fuerza que nos hace pasar al otro lado del espejo narcisista en el que los medios nos encierran.

Jean-Louis Comolli, «Ver y poder«

Sobrevivo a una noche de insomnio transformando mi situación en ideas para una ficción. Más que al desvelo, sobrevivo a la ira —más que el dolor, desmantelo el sufrimiento. A la mañana me siento a tomar sol y me descubro de nuevo malhumorado, en modo queja; en un intervalo de la proyección mental, recuerdo que puedo recuperar el interés por mi experiencia: ¡el malhumor es una baja de interés!, reconozco, puedo pasar del discurso “esto no debería estar pasándome” a “puedo interesarme por lo que me pasa.”

La ficción puede ser un laboratorio alquímico en el que la queja se transforma en interés. La ficción como un experimento para interesarme por lo que preferiría no tener que interesarme —lo que, según ese personaje llamado Yo, no debería existir.

No hablo de amor, sino de interés. En el fondo tal vez sean lo mismo, pero hablar de amor, sobre todo cuando me enfrento a cosas terribles como el insomnio, me parece demasiado. ¿Cómo voy a amar este insomnio horrible? El adjetivo está completamente adherido al sustantivo: insomniorrible. No nos damos cuenta, pero rara vez decimos las cosas como son. Lo sabemos por los frascos, no es tan fácil despegar las etiquetas. ¿Podré algún día decir insomnio a secas? ¿Podremos algún día ver el mundo sin opinión?

Tal vez la pregunta no sea esa, idealista y pretenciosa: ¿cómo sacarnos cosas de encima? Tal vez la gran pregunta no sea cómo acceder al sin sino cómo explorar el con. Nada se retirará sin ser explorado.  Tal vez la pregunta no sea cómo vivimos con menos opiniones o sin opiniones, sino cómo vivimos con opiniones —con reacciones. ¿Podemos reaccionar a algo que no sea nuestro propio pensamiento?

Tal vez la pregunta no sea cómo dejar de reaccionar, sino cómo disponernos a explorar nuestras reacciones.

Para todo hay una reacción adecuada. El adjetivo que acompaña a la cosa es, en sí, la reacción adecuada. El adjetivo, muchas veces tácito, nos acompaña. Nos orienta, nos persigue. La reacción adecuada al insomnio (a lo horrible) es, por supuesto, la queja. No puedo no quejarme de lo que justamente existe para que me queje. No puedo devolverme al día después de una noche de desvelos y no estar de mal humor. Tengo que reaccionar como se supone que debo reaccionar. Las situaciones son buenas o malas, etc. Hay que obedecer al catálogo de alegrías y sufrimientos.

Tampoco es que esté mal reaccionar al insomnio. Tampoco es que quiera interesarme por el insomnio más que por mi reacción. Como si el insomnio existiera más allá de mi reacción a él. Interesarme por mi reacción tiene que ver con no considerarla incuestionable y necesaria, sino con asumir su dimensión contingente —para valorar la reacción, tengo que asumir que podría ser otra. En la medida en que me intereso por mi reacción es que puedo discernir qué es reacción y qué es estímulo. El insomnio no es mi reacción al insomnio. Lo interesante de los síntomas es qué hacemos con ellos.

¿Qué hacemos con ellos?

A la noche los vecinos hacen fiesta —indignarme implica olvidar que son seres humanos divirtiéndose. Toto y Simón pelean a los gritos en la terraza —indignarme implica olvidar que son gatos. A la mañana, alguien amanece en su departamento con una emergencia cloacal en la cocina. Las heces de todo un edificio en su azulejo. ¿Qué hacer con las heces? Más bien, ¿qué hacer con la reacción que nos generan?

Tal vez nada. Sólo reaccionar. Tal vez reaccionar y observar. Tal vez oxigenar la articulación entre el hecho y sus respuestas. Tal vez escribir. Aunque sea más tarde, escribir. Primero trapear las heces, después escribir.

Lo que nos pasa (la experiencia) es, por definición, un encuentro con la otredad —con la novedad, con la diferencia. Negarnos al encuentro con la diferencia es la semilla de lo que llamamos, muchas veces con demasiada comodidad (o sea, con muy poco espacio para investigar), fascismo.

Etiquetar al otro de fascista, ¿nos sirve? ¿Qué no dice la etiqueta?

Pienso al fascismo como el despliegue violento del intento egoico de que el mundo se acomode a nuestros mapas del mundo —la arrogancia propia del animal humano, llevada inconscientemente (violentamente) al intercambio social.

(Cada vez que escribo sobre fascismo, imagino que pierdo seguidores. Desde hace un tiempo que perder seguidores ya no tiene para mí un signo negativo.)

Diferenciar dolor y sufrimiento es importante. Son palabras, claro, y pueden usarse de cualquier modo. Ahora las uso así: dolor es lo que sentimos cuando algo nos desacomoda; sufrimiento es lo que sentimos cuando intentamos no sentir lo que sentimos cuando algo nos desacomoda. Es decir, sufrir es evitar el dolor. Una cosa es sentir cansancio por no haber dormido, otra cosa es sentir molestia por creer que debería haber dormido más.

La arrogancia es necesaria para la supervivencia. Necesitamos, momentáneamente, creer que nuestras ideas son mejores que las de los otros. ¡Momentáneamente! Nos obsesionamos con el mapa de la personalidad, y esa obsesión es el germen tanto del sufrimiento como del fascismo. El fascismo surge de un intento irrefrenable por no sentir el dolor que implica asumir que el mundo no es como quiere el ego. Fascismo es intentar no asumir que las cosas pueden ser diferentes. Fascismo es intentar negar la posibilidad de la diferencia. Fascismo es intentar silenciar las voces de la novedad. El gran problema político es que pensamos la política como un problema sociomoral y no como un problema psíquico. El fascismo es una postura psíquica antes que social.

Fascismo es insistir violentamente con las ideas propias de lo necesario —el mundo tiene que ser así, como YO dice. Fascismo es evitar, obsesivamente, mirar el detrás de escena que revela que la obra podría ser otra. Fascismo es negar la cualidad contingente de todo fenómeno. Fascismo es dogmatismo unívoco llevado al extremo de adicción egoica. El arte (particularmente el arte de la ficción) revela nuestra arrogancia de base y nos da el espacio para transformar el melodrama social de posiciones cristalizadas en constelación dinámica de flujos musicales mutantes.

Si en la vida hacemos ficción sin darnos cuenta, en el arte podemos hacer ficción dándonos cuenta. Darnos cuenta es lo que hace la diferencia. La ficción que no se da cuenta de que es ficción, se llama fantasía. La ficción que se da cuenta se llama poesía. El fascismo, extremo violento y obsesivo de una ficción que se niega a reconocerse como tal, es producto del fanatismo fantasioso. Protección violenta de la burbuja ficcional. Si el fascismo es una ficción que se encierra, la poesía es una ficción que se abre.

Sufrir es aferrarse a lo imposible: la exclusión. Excluir es imposible. Incluso el llamado espacio exterior es parte. ¿Adónde pretendemos meter la mierda? Sufrimos porque insistimos con dejar cosas afuera. El insomnio, la arrogancia, las heces. La arrogancia se cura con poesía. La supuesta necesidad de excluir se cura con la pregunta por la inclusión. ¿Cómo dar lugar a lo que no nos gusta? ¿Qué significa, profundamente, dar lugar a lo que no nos gusta? La diferencia entre la resignación y el interés.

Aclaración innecesaria: interés no es resignación. Interesarme por el insomnio no significa dejar de investigar maneras posibles de solucionarlo. Interesarme por el fascismo (por sus causas profundas) no significa dejar de frenar sus secreciones violentas. Por urgencia, tendemos a intentar soluciones hacia afuera. Como quien intenta modificar el reflejo en el espejo. Como quien sólo ataca al síntoma, desesperadamente intentando bajar una fiebre que viene de otro lado. Como quien sólo saca la basura, sin saber a qué hora pasa el camión. Como quien exilia lo que no le gusta, y cree, ingenuamente, que así estará a salvo.

Pero se soluciona hacia adentro.

Todo problema social es expresión de un problema psíquico. El arte de la ficción nos permite explorar lo político (relacional) de lo humano en su dimensión esencial.

Transformar en ficción es lo opuesto al fantaseo negador de quien se evade de la realidad con imágenes del ideal. Poner en escena (enmarcar) es una forma de recobrar el interés por la experiencia que la vida cotidiana, organizada moralmente con el manual de bienes y males, me hace perder. ¡Recuperar el interés! Ya lo decía Stanley Cavell cuando proponía preguntarnos qué nos sucede cuando nos interesamos por la propia experiencia.

Eso es algo de lo que sucede entre Beth y Don en You hurt my feelings, la película de Nicole Holofcener que estoy preparando para el taller de cine y filosofía (Aquí un artículo sobre la película). Beth se entera de algo que Don no le había dicho y, como forma de organizar su dolor, entra en modo queja: ella prefiere no hablar, no poner las cartas sobre la mesa, no asumir su dolor, atorarse en el resentimiento; hasta que una conversación con su hijo les fuerza a ambos a entrar en lo innombrable. El salto poético de a sumir la herida. Interesarse por lo que les está ocurriendo. Es conmovedor. Holofcener trabaja con sus historias personales, sus dificultades “narcisistas”, construye ficción a partir de lo que la desafía e inquieta —sus heces, sus insomnios, sus arrogancias. Dice que le gustan los finales ambiguos.

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