Hace unos años descubrí que estaba haciendo lo que más me gustaba hacer de niñx: actuar, escribir, dirigir. La ficción, el teatro, el cine. Como a los 10 dirigí en la escuela una versión teatral de El Mago de Oz, en la que interpreté al espantapájaros, ese personaje encantador que anhela tener un cerebro porque cree que le falta inteligencia. Poco después me fanaticé con el género policial y Sherlock Holmes también me produjo un encantamiento. ¿Habrá sido su inteligencia? Dorita quería volver a casa, Sherlock resolver enigmas y recuperar el orden. Ricardo Piglia dijo que el policial nació de una necesidad de ordenar; también dijo que la narración tiene dos orígenes: el viaje y la investigación. A mí, por alguna razón, más que narrar me interesa dejar de narrar —al menos, reconocer que las historias no son lo más importante.

Me pregunto si la verdad se descubre investigando, viajando, avanzando; o, más bien, tal vez, reconociendo el espacio entre los fotogramas de la película. ¿Es la verdad lo que buscamos? El cine nos da una ilusión de movimiento, pero ¿qué hay entre una fotografía y otra? Caveh Zahedi, uno de mis cineastas (artistas) favoritos, escribió que lo que necesitamos no son nuevas historias, sino nuevos modos de percibir. Pienso que el arte nos ofrece esa posibilidad —la posibilidad de desmagnetizarnos de la necesidad (aprendida, obsesiva) de llegar al final de las historias, la posibilidad de descubrir algo entre las baldosas amarillas que supuestamente nos llevarán al Centro de Oz, donde dicen que el Mago nos mandará de vuelta a casa. El hogar ¿está al final del camino o entre las baldosas?

Al final, el mago era un ilusionista. Al final, Dorita sólo tenía que hacer chocar sus zapatos. Al final, sólo había que viajar para reconocer que el viaje no era necesario. 

Qué paradoja, la historia humana.

Pienso que damos demasiada importancia a las historias, a nuestras historias, a lo que creímos ser, a lo que tuvimos que creer que éramos. Si escribo, actúo y hago cine tal vez se deba a la necesidad de reconocer que no soy la imagen de ese viajero, atravesando un desierto que parece eterno. Hermoso, pero eterno, petrificado. Tal vez actúo para reconocer que mi persona es un personaje, y hago cine para reconocer las coreografías ficcionales del acontecer humano, y escribo para desviarme de los códigos de la gramática cultural, y hago arte porque necesito asumir una libertad que no es la libertad de mi personaje de tomar una u otra decisión —no es la libertad ficticia de la bifurcación, es un espacio de juego dentro del cual la encrucijada es sólo un cuento, es un dinamismo indefinible y misterioso que a veces se me queda olvidado, como abandonado sobre la cinta de montaje de la producción meritocrática del teatro social.

En síntesis, podría decir que me dedico al arte no tanto para encontrar verdad sino vitalidad. Asombro.

En lo concreto, investigo el arte de la ficción, hago libros, escribo en mi blog, actúo, dirijo y produzco cine en la productora/plataforma RETICULAR films.

Me gusta pensar que hago arte para celebrar la vida.

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